Dentro de todo este debate sobre la enmienda constitucional se ha dicho que se quiere ampliar los derechos del pueblo al dársele la libertad a candidatos en ejercicio de sus funciones para postularse cuantas veces quieran. De esta forma aquellos ciudadanos en el poder ganan el derecho a aspirar a más términos y el pueblo gana la libertad de escoger a esa persona de entre otras opciones. Esto es además una manera de premiar la buena gestión, de forma tal de asegurar que los buenos gobernantes permanezcan hasta que el pueblo así lo quiera.
Considero que tanto la premisa de que se le debería dar al pueblo la libertad de elegir a quienes consideren más calificado para ejercer un cargo como la de que aquellos que hacen una buena gestión son premiados con la reelección resultan de la triste y demagógica concepción política de que la mayoría del pueblo tiene la razón. No considero que el pueblo sea inherentemente tonto o incapaz de tomar decisiones acertadas. No obstante pienso analizar por qué ésta concepción es engañosa y atenta contra principios republicanos.
Primero que nada, hay que entender que al "elegirse" un candidato para ejercer un cargo público no se trata de un clamor popular de las masas que exigen ser mandados por éste líder destinado a guiarlos. A la hora de emitir su voto, el ciudadano lo que está es escogiendo solamente entre los candidatos que salen en la boleta electoral, siendo limitada la información a la que tiene acceso el ciudadano.
Cuando se pone en duda que una mayoría tenga la razón sobre cual es el mejor candidato, no se hace por descalificarlas. Se trata sencillamente de entender que cuando una persona no tiene acceso a toda la información las posibilidades de equivocarse se hacen cada vez mayores.
¿Sabe usted quienes son (con todo el respeto que merecen) Carmelo Pérez, Pedro Aranguren, Yudith Salazar o Homer Rodriguez? ¿No? Pues todos estaban entre los 14 aspirantes a la Presidencia de la República en 2006. En una democracia ideal, los ciudadanos deberían conocer a fondo las propuestas de los candidatos así como sus calificaciones para realmente elegir cuál es el más indicado para ser Presidente. Sin embargo la situación real es muy distinta. La mayoría de los candidatos son completamente desconocidos para la inmensa mayoría de los venezolanos.
Además de esto, los dos candidatos con posibilidades reales de ganar tampoco tienen por qué representar los intereses del pueblo ¿Qué pasa con los opositores que consideran, por ejemplo, que Julio Borges está mejor capacitado que Manuel Rosales para ejercer la Presidencia? ¿Y los que podrían pensar dentro del chavismo que Vielma Mora sería mejor Presidente que el mismo Chávez? ¿Y qué pasa con las personas que creen que Manuel Rosales tiene mejores propuestas en unas áreas y que Hugo Chávez las tiene en otras? Todos estos sectores antes mencionados se ven en la obligación de "entubarse" dentro de una de las opciones que se le han dado. Esto, como ya hemos dicho, contando con una información incompleta. Esto hace que quien gana las elecciones es sencillamente la persona "preferida" de entre los candidatos, cosa que dista muchísimo de la concepción de que "El pueblo se ha expresado".
Hay que entender, por supuesto, que nadie tiene tiempo de estar horas y horas al día estudiando el perfil de cada uno de los candidatos, así como sus propuestas, para luego sopesar estos entre otros factores y así tomar una decisión verdaderamente informada. Este ideal de la ciudadanía perfecta no es más que una utopía.
Teniendo en cuenta lo anterior, es evidente que cuando "el pueblo expresa su voluntad" es más que probable que se equivoque. De cierta manera los límites en el término inhabilitan a las personas ocupando cargos de elección popular. Pero al igual que otras limitaciones a la voluntad popular como lo son el requisito de tener una edad mínima, no haber sido sentenciado por peculado, etc., los límites en el término representan una salvaguarda en caso de que el pueblo se equivoque a la hora de elegir a sus gobernantes. No olvidemos que ya el hecho de emitir su voto implica una serie de restricciones para los votantes.
Es por esto que los límites en el término son deseables, ya que los mismos evitan una posible tiranía como consecuencia de la permanencia de una persona en el poder durante un largo tiempo. Los límites en el término también permiten la renovación constante de liderazgos y obligan a que haya rotación en el poder, de manera tal de darle oportunidad a otros para que lleven a cabo sus propuestas y así todos los grupos de un país (no solamente la mayoría) se sientan identificados con aquellos en el poder.
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